No queda mucha ni la hache

En un escenario donde las drogas mueven la realidad de un mundo desolado se plasma en una película las reflexiones humanas más profundas. Adolfo Aristarain irradia en un film nada pesado, a pesar de sus más de dos horas de duración, los sentimientos más reales de unos desmadrados personajes que son un espejo de lo que todos pensamos.

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Martín (Juan Diego Botto), conocido en la película como Hache, es un joven argentino de 19 años sin aspiraciones más que una guitarra y una chica. Una sobredosis del que sale ileso le hace reunirse de nuevo con su padre, Martín (Federico Luppi), un director de cine argentino que huyó de su país de origen a Madrid con esperanzas de realzar su carrera. Un reencuentro entre padre e hijo tras 5 años de separación está amenizado por Dante (Eusebio Poncela), un actor adicto a las drogas y promiscuo, y por Alicia (Cecilia Roth) enganchada también a las drogas y loca de amor por Martin (padre).

A lo largo de sus encuentros, sus conversaciones reflejan al milímetro cada uno de sus sentimientos, pasiones y emociones. No hay nada que no sea expresado a través de las palabras, con una naturalidad y un saber impasible. Hache va a aprender de todas las personas que le acompañan en Madrid, y va a sacar lo bueno y lo malo de todos ellos. Su padre, insistente con que debe labrarse un futuro, presenta la seriedad y los pies en la tierra, la cordura y la inteligencia madura que casi ni él mimo es capaz de controlar en temas como el amor. Alicia, muestra la locura por vivir cada segundo y el dolor del amor no correspondido, el exilio en las palabras y las drogas, y la muerte final. Dante controlador de cada segundo de su vida, un sentimental loco, un actor acabado entre fuertes convicciones, habla del sexo desenfrenado y las drogas como la pasión de la
propia vida. El equilibrio del perfecto caos lo pone la incredulidad y la inocencia de Hache, que demuestra su madurez al final de la película.

Si las películas de ahora destacan por sus efectos especiales, sus gafas en tres dimensiones o por su fácil amor, es porque no conocen la destreza del lenguaje visual de Martín (Hache). Un poema filosófico que se planta frente a nosotros. Los sentimientos más profundos, las verdades más reales, todo queda dicho, explicado, comprendido y admirado. Las reflexiones de cada uno son el espejo de nuestros pasiones y emociones, que comunicamos o no, pero que todos vivimos. Porque, a pesar de todo, nuestra vida está en la suya, con unos personajes más vivos que nunca, que no dejan indiferente a nadie y que no permiten que quede mucha ni la más tímida hache.

 

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