Tecnicismos para crear fronteras humanas

Estos últimos meses hemos asistido a la nominalización de numerosos casos de personas que están llegando a Europa a través de todas las vías posibles. Desde que la imagen de Aylan Kurdi llegó a abrir los telediarios, las noticias sobre la crisis de los refugiados han sido producto del debate social. Mientras las potencias europeas siguen pensando cómo acoger a menos personas en sus países, la sociedad civil ha comenzado a crear sus propias plataformas. Los ciudadanos y ciudadanas están dando un ejemplo de solidaridad del que carecen sus gobernantes, organizando nuevos modos de acogimiento y brindando la mano que les hace falta. Sin embargo, por encima de todas estas plataformas, y para hacer posible que los que huyen lleguen de modo seguro, los trámites que deben pasar son cada vez más complicados. Son muchos los tecnicismos utilizados para determinar qué persona puede acceder al país, y qué condiciones tienen ¿Las conocemos?

La primera, y que hemos comenzado a utilizar recientemente de modo más correcto, es la de migrante, como aquella persona que sale de su país para establecerse en otro. Los movimientos migratorios hacia los países europeos comenzaron a darle connotación negativa a esta palabra, abusando del término ‘inmigrante’ como aquel que llega al país en busca de un futuro.

Viñeta El Roto
Viñeta El Roto

Los términos que se han utilizado últimamente han sido los de ‘refugiados’ o ‘solicitantes de asilo’, como manera de determinar a aquellos que no sólo vienen en busca de un futuro mejor, sino únicamente de un futuro. Personas que huyen de situaciones complicadas, de conflictos y violaciones de derechos humanos, y que han venido con la esperanza de simplemente poder vivir. Son tales los miedos de estas personas, que las vías utilizadas y que a nuestra vista parecen tan peligrosas como lanzarse al mar en ridículas pateras, les parecen más adecuadas que intentar volver a ir a comprar el pan a la tienda de la esquina de su calle. Cuando estas personas han caminado kilómetros, han pagado para montar en una bodega, se han apretujado en una barcaza y han conseguido llegar a alguna costa europea, los trámites para ser considerados alguien en nuestros países, son más difíciles de lo que creemos. Que las organizaciones internacionales difundan que los conflictos en Siria, Somalia o Gaza se han agravado, y que la situación está provocando la huida masiva de personas hacia Europa, no les sirve a los responsables de motivo suficiente para garantizar dos aspectos: vías seguras de acceso y facilidad para ser refugiados en nuestros países. Desde que se habló por primera vez del término de ‘refugiados’ con la Convención de Ginebra de 1951, pocas han sido las peticiones aceptadas por los países de la UE, y muchas se han cambiado o adaptado por las de protección subsidiaria.

En este sentido, la diferenciación que se hace entre ambos términos es la siguiente: refugiado, se reconoce a toda persona que, debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, opiniones políticas, pertenencia a determinado grupo social, de género u orientación sexual, se encuentra fuera del país de su nacionalidad y no puede o, a causa de dichos temores, no quiere acogerse a la protección de tal país, o al apátrida que, careciendo de nacionalidad y hallándose fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, por los mismos motivos no puede o, a causa de dichos temores, no quiere regresar a él; por otro lado, el derecho la protección subsidiaria es el dispensado a las personas de otros países y a los apátridas que, sin reunir los requisitos para obtener el asilo o ser reconocidas como refugiadas, pero respecto de las cuales se den motivos fundados para creer que si regresasen a su país de origen en el caso de los nacionales o, al de su anterior residencia habitual en el caso de los apátridas, se enfrentarían a un riesgo real de sufrir alguno de los daños graves previstos, y que no pueden o, a causa de dicho riesgo, no quieren, acogerse a la protección del país de que se trate. El primero se reconoce cuando, de algún modo, se acredita que esa persona está sufriendo algún tipo de violación de derechos humanos (o los diferentes casos contemplados), mientras que el segundo debe darse el motivo sin necesidad de una acreditación como tal. Según la ley, a efectos prácticos la protección es la misma: autorización de residencia y trabajo por cinco años e idénticos derechos en materia de asistencia social, sanitaria y educativa.

De cualquier modo, el proceso sugiere nominalizar un hecho, categorizar la huida de todas estas personas. Porque la definición de todos ellos comienza de la misma manera ‘personas que’. En todo este tiempo, nos hemos dedicado a poner nombre, a ordenar a las personas que están llegando a través de nuestras fronteras y de nuestras costas. Les estamos poniendo trabas de categorización para hacer más lento el proceso de atención sanitaria, primordial en estos casos, mientras se mantienen en sus tiendas de campañas a altos grados o se congelan en el fondo del mar. Vivimos rodeados de tecnicismos para hacer continuamente la misma diferencia, ellos y nosotros, para crear fronteras humanas y dividirnos. La única nominalización que debería existir es la de ‘personas que huyen’, y desde ahí ofrecer todas las vías necesarias para eliminar las fronteras: terrestres, marítimas y humanas.

Info sobre cifras en: http://refugiadosmasquecifras.org/

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