Hemos vencido al frío siendo auténticos – Budapest enero 2017

Hablamos de sensación térmica y de temperaturas bajo cero mientras recopilamos los conjuntos invernales que hace tanto que no usamos. “Creo que estos guantes son de esta bufanda, y vienen con gorro”. Nos tomamos las uvas mientras cerramos la cremallera de la maleta. Con suerte, Ryanair no nos obligará a facturar y podremos salir del aeropuerto rápido. Cuando aterricemos será muy de noche, y es probable que esté nevando, o al menos helado.

Mejor dejamos de suponer, la capital de Hungría nos espera y serán ocho días en un nuevo lugar. ¿Europa? No lo tenemos muy claro. Vamos con euros pero sabemos que no es la moneda oficial. Florines, forines o petrodólares. El caso es que pagaremos en tandas de miles. ¿900 un menú? Cuidado, que son 3 euros e incluye dos platos y bebida. Quizás no sea tan caro. Un potente goulash, un postre con crema agria, una sopa de cebolla, algunas cremas, carnes en cantidades industriales… y para beber vino, pero caliente y chocolate, claro. Ni siquiera un dulce enrollado en un cono se escapa de nuestro paladar. Hay que probarlo todo.

Nos apañamos con el inglés y el idioma internacional de los gestos. Compartimos lugares auténticamente húngaros pero no perdemos de vista que, al fin y al cabo, somos turistas. Un poco de historia de la ciudad, conocimiento del panorama político (y del terror político), cultura musical, mucho nazismo y comunismo y algunas vistas. Un señorial Danubio divide y viste Budapest. Creemos que una parte debe estar congelado, pero se muestra grandioso ante nosotros y, para qué engañar, nos enamora. Paseamos una isla entera, fotografiamos el bastión de los pescadores, contemplamos a Matías y la mano de San Esteban e incluso nos escondemos en una iglesia cueva, aunque con algo de sueño. Nos lanzamos al agua, tal cual, y nos sumergimos a 38º mientras llueve. El poder de la lavadori se ha extendido hasta Budapest, y en él nos enredamos e intentamos salir una y otra vez.

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Y como viaje familiar que es, no pueden faltar los mercadillos. Los Reyes Magos deben tener GPS porque nos han encontrado y nos han vestido y adornado. La paprika es el regalo estrella, un palinka para entrar en calor y alguna taza.

Además decidimos adaptarnos, ¿y si salimos de fiesta? Una ruina, pero una ruina real. Un edificio preparado para ser bar, sala de conciertos, tetería, cine, cafetería… un lugar de encuentro. Un espacio que demuestra que las cosas pueden hacerse bien con colaboración. Una cerveza, un poco de jazz, conversación. Auténtico, como esta ciudad, como su gente y como este viaje.

Podemos cerrar esta travesía, vencer al frío y volver a organizarnos. Al fin y al cabo, este es un capítulo más de un gran libro de viajes y experiencias que nos quedan por vivir. “Pero, ¿viajáis solo la familia?” Parece ser que sí, y por mucho tiempo más.

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