Caminar sola en Anantapur

A mi compañera Coni y a mi se nos ocurrió hacer un time lapse del hospital de Bathalapalli de la Fundación. El patio del centro es un auténtico campamento de las familias de los ingresados. Muchos de ellos se desplazan desde muy lejos para llegar al hospital, así que una vez allí tienen que esperar el alta de su familiar lo que haga falta y donde haga falta. A medida que sale el sol, la gente va despertando de las alfombras del suelo, a recoger los cacharros de la cena, comienzan a lavarse la cara, a buscar el desayuno y a hablar. Hablan mucho. Creimos que era una buena imagen ver cómo el hospital se iba llenando de gente durante toda la mañana, así que me tocó desplazarme hasta otro campus la noche anterior, para poder darle al play a las 5 y media de la mañana.

Salí de la oficina a las 18h y cogí el primer bus que pasaba por la puerta. La carrertera frente a nuestro campus es la principal, así que todos los autobuses, vayan donde vayan, pasan por ahí. Solo hay que levantar la mano y decir “Sir, Bathalapalli?”, “Yes, yes” contestan moviendo la cabeza con su típica afirmación. Y adentro, y rápido. La mitad de las veces te subes en movimiento. Ahora encuentra sitio, y prepárate para ser el centro de todas las miradas. Una mujer, blanca y subiéndose sola en un autobús. Me siento en uno de los reservados para mujeres. No es que cumplan mucho esa normativa, pero viajando sola prefiería asegurarme mi sitio. A mi derecha un chico que fija la mirada en mi. La siento como si se clavara en mi cabeza y evito girarme y sonreir, porque a veces una simple sonrisa puede confundirse. Se acerca el cobrador: “Twenty eight, madam”. Ticket y esperar. Bathalapalli está a una media hora, aunque con unas carreteras adecuadas no tardaría más de 15 minutos, Está oscureciendo y ya nos rodea pleno desierto. Anantapur está en mitad de la nada. Me atrevería a decir que es como el Ochavillo de la India. En el camino, sorpresa, LLUVIA! Estamos en pleno verano y está lloviendo, no me lo puedo creer. Con suerte no calarán las goteras del bus ni tendremos ningún accidente.
“Bathalapalli, Bathalapalli” grita el cobrador. Hemos llegado al cruce de mercados del pueblo de Bathalapalli, pero no al hospital. Toca caminar. Ya es de noche, está lloviendo y la luz se ha ido (para variar), pero el pueblo está vivo, los niños van en bici esquivando el tráfico, las mujeres están comprando fruta y verdura, los hombres beben chai sin parar, así que no estoy sola en mitad de la nada. Recuerdo que una vez caminé hasta el hospital, pero no lo recordaba tan lejos. Pregunto en uno de los tenderetes de mangos a una señora que no tiene ni idea de inglés, pero me contesta el vendedor “Five minutes”. Todo está a 5 minutos para ellos. Te atenderán en 5 minutos, tardarán 5 minutos, el autobús pasará en 5 minutos… es la medida de tiempo para todo. En el camino, todo el mundo saluda, los niños te dan la mano, no dejan de mirarte.
Ya empiezo a ver referencias a la Fundación y a “Father Ferrer” por el camino. Veo el hospital y me abren el portón completo. A veces aquí el color de piel te hace ser VIP y eso no siempre me gusta. En el hospital también se ha ido la luz, excepto en las salas de urgencias. Me estoy empapando y sin embargo no dejo de sonreír. No sé si es por haber llegado, por la gente que me ha guiado y sonreido por el camino, por la lluvia que había olvidado cómo se sentía o por el simple hecho de saber que hice el camino sola y que me siento segura. Elena, una de mis compañeras de voluntariado, dice que es la magia del momento. Me quedo con esa.
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